Biografía del Prócer Nicolás Aguilar

 

 

 
Nicolás Aguilar y Bustamante: Nació en el cantón La Fuente, jurisdicción de Tonacatepeque, el 16 de diciembre de 1742, como primogénito del enlace matrimonial de Isabel de Bustamante y Nava (1716-7.febrero.1800) y del capitán Manuel Aguilar y de León (1710-1772), primo hermano del presbítero y doctor José Matías Delgado.
 Además de los otros dos futuros sacerdotes y próceres independentistas, Vicente y Manuel, este matrimonio también fue el origen de Ana Petrona y Mónica, quienes años más tarde contrajeron respectivas nupcias con Domingo Antonio de Lara y Mongrovejo y Francisco Durán. Ana Petrona falleció en noviembre de 1784 y su esposo la siguió a la eternidad en enero de 1797. Su gesta libertadora fue continuada entonces por sus hijos Mariano Antonio (¿Cuscatancingo?, febrero de 1774-¿Olocuilta?, 13.agosto.1843), Antonia Inés (¿?-marzo.1844. En 1800 contrajo matrimonio con el coronel, alférez real, corregidor y alcalde vicentino Rafael de Molina y Cañas) y Domingo Antonio.
Como homenaje a él y a sus hermanos próceres, un errado decreto legislativo del 23 de junio de 1932 ordenó que los cantones La Toma, Las
Tunas, Santa Lucía, Pishishapa, Piñalitos, Los Mangos, La Florida y El Llano fueran segregados del pueblo de El Paisnal, al norte del departamento de San Salvador, y que con ellos fuera fundado el pueblo de Aguilares, que después llegó a ser villa (30 de septiembre de 1946) y ciudad (25 de diciembre de 1971).
La residencia de la familia Aguilar y de Bustamante se localizaba en la esquina sureste de la Plaza de Armas de San Salvador (hoy Parque Libertad), donde después fueron construidos, en forma sucesiva, el Palacio del Ejecutivo (llamado Casa Blanca, 1866) y los cines Popular y Libertad.
 El 11 de febrero de 1755, Nicolás ingresó como estudiante en el afamado colegio de San Francisco de Borja (Antigua Guatemala). Recibidas las órdenes respectivas como capellán (15 de marzo de 1767) y presbítero (4 de abril de 1767), fue nombrado cura de Olocuilta (16 de abril de 1767) y luego de San Salvador (Iglesia Parroquial o del Sagrario), puesto logrado tras intenso concurso con otros presbíteros.
 Aunque de avanzada edad, tomó parte activa en la gesta libertaria del 5 de noviembre de 1811. Fracasado el movimiento emancipador, Nicolás fue sometido a riguroso y humillante espionaje por parte de las autoridades españolas.
 Luego del segundo intento insurreccional de enero de 1814, se le redobló la vigilancia. A él y a su hermano Vicente, que ya para esos momentos se encontraba ciego, se les confinó en su hacienda familiar “Toma de agua” (Quezaltepeque), a partir del 2 de abril de 1814.
 Por decreto del arzobispo guatemalteco, a Nicolás se le suspendió en sus labores como cura y se le remitió prisionero a Guatemala, encarcelamiento que duró de junio a agosto de 1814. De vuelta en su encierro domiciliar, trabajó junto a su hermano para obtener jurídicamente por su libertad, la cual les fue concedida por indulto en febrero de 1818.
 Aunque no hay datos históricos fehacientes, se supone que Nicolás Aguilar falleció en su hacienda de reclusión, el 12 de septiembre de 1818, y que fue enterrado en una fosa abierta en el interior de la última Iglesia Parroquial de San Salvador (hoy Iglesia del Rosario).
 
 
NICOLAS AGUILAR. Hijo legítimo de don Manuel Aguilar de León y de doña Isabel de Bustamante y Naba. Vino al mundo en Tonacatepeque, el 16 de diciembre de 1742. Estudió en el Colegio Tridentino de Guatemala y recibió las órdenes de presbítero en Olocuilta, el 16 de abril de 1767 (el mismo año en que nació José Matías Delgado), sirvió varios curatos y desde el 16 de mayo de 1793 administraba la parroquia de Mejicanos. Fue cura rector primero de San Salvador. (LARDE Y LARIN, Jorge. El Grito de la Marced. 1ª. Edición. Departamento Editorial del Ministerio de Cultura. San Salvador, El Salvador, 1960. 132p.)
 
 
 El primer hijo del matrimonio del Capitán Manuel Aguilar de León y de doña Isabel de Bustamante, nació el 16 de diciembre de 1742, en Tonacatepeque, y lo bautizaron con el nombre del patrono de la población, el Obispo San Nicolás. Sus amorosos padres le inculcaron sólo nobles y generosos sentimientos, desenvolviéndose su niñez en un ambiente de virtud, armonía y concordia. Con su ejemplo modelaron su espíritu hacia las prácticas del bien, la caridad y la verdad. En 1755, cuando el joven Nicolás sólo contaba 13 años, fue enviado por sus padres al Colegio “San Francisco de Borja” [Jesuita], de Guatemala, en donde se distinguió por su inteligencia y consagración al estudio. Allí se graduó de Bachiller y después de sacerdote.
 
El padre Nicolás Aguilar era de frente amplia, ojos escrutadores, nariz recta de perfiles griegos. Había heredado la gallardía y la nobleza de sus progenitores, quienes estaban relacionados con personalidades de la época, eminentes en letras y en las armas.
 
La figura airosa y venerable del padre Nicolás Aguilar, inspiraba hondo respeto. Sus labios estaban prestos a predicar el bien, así como a hacer valer el derecho de los desposeídos. Toda su persona respondía a la elevada jerarquía de un gran patricio.
 
Durante los años de madurez del padre Nicolás Aguilar, al principiar el siglo XIX, la unidad del Imperio Español se había quebrantado. Las colonias españolas de América ansiaban romper sus cadenas, y fue el padre Nicolás Aguilar uno de los hombres que con más entusiasmo y ardor, lucharon por la independencia de Centro América.
 
El padre Nicolás Aguilar tuvo una participación muy destacada en los dos movimientos, tanto en el del 5 de noviembre de 1811 como en el del 24 de enero de 1814, habiendo sido procesado por infidencia a la Corona Española bajo los siguientes cargos:
1.                  Haberse celebrado en su casa varias juntas en los días anteriores a la sublevación de la noche del 24 de enero de 1814;
2.                  Haber asistido a una junta conspirativa que se celebró en la casa del padre Delgado.
3.                  La frecuencia con que lo visitaban los promotores de la sublevación.
4.                  Haber alojado en su casa a don Mateo Antonio Marure “que había ido a San Salvador con el objeto de sublevar al pueblo”
5.                  El haber proporcionado la fuga del patriota Pedro Pablo Castillo;
6.                  El haberse negado a publicar el edicto del 4 de enero de 1814, el cual era dirigido por el provisor y decano Dr. Isidro de Sicilia, a los insurgentes, edicto que también ordenó se promulgara el Arzobispado de Guatemala;
7.                  Finalmente se le acusaba de que, en unión de los otros padres Aguilar, había oído y cambiado impresiones con los principales promotores de las sublevaciones habidas en San Salvador en los días 5 de Noviembre de 1811 y 24 de enero de 1814, “con la finalidad de procurar la independencia de Centro América”.
 
RUBIO MELHADO, Adolfo. Los Padres Aguilar. Héroes ejemplares de nuestra independencia. 1ª. Edición. Departamento Editorial del Ministerio de Cultura, San Salvador, El Salvador, 1960. 69p.
 
 
 En toda el área de lo que era la Capitanía General de Guatemala las actuales repúblicas de Centroamérica más la provincia de Chiapas, hubo cinco rebeliones de tinte liberal, a saber: en San Salvador, en los años de 1811 y 1814 que comprometieron profundamente a los prestigiosos padres Aguilar...
 
La República nace bajo el signo del Padre José Matías Delgado de Manuel José Arce. Pero en la raíz de los grandes movimientos revolucionarios siempre estará la fuerza de don Nicolás Aguilar, PATRIARCA MAYOR DE LA REPUBLICA que entonces iniciaba sus luchas por un destino independiente, batallas enconadas que aún no han terminado. (LÓPEZ, Matilde Elena. Los prestigiosos hermanos Aguilar. Crónicas Culturales. Diario El Mundo. Jueves 15 de septiembre de 1988. San Salvador.)
 
 
De los raros escritos que del patricio quedan, puede conocerse su carácter: suave, uniforme, pero firmísimo y tenaz, amoroso y tierno con los suyos, paternal y limosnero con los pobres. Traza de gran señor tenía Don Nicolás y modales sobrios, reposados y elegantes. Todo en él denotaba autoridad.
 
Era alto, apuesto y grave; gran conversador y muy ameno, resultaba en la intimidad encantador por su gracia y donosura. “Era amigo de bromas y, con frecuencia, gustaba de gastárselas a la gente menuda”
 
La casa familiar, que fue siempre acogedora, poco a poco fuese convirtiendo la casa de todos. “En ella, tienen todos entrada y la plebe la tiene por suya; no siendo raro ver al señor Aguilar abandonar la tertulia de su madre, levantarse de la mesa o de su lecho para atender a algún pobre, auxiliar a algún moribundo o remediar alguna necesidad en el portón enlajado, abierto siempre para los pobres y para los grandres, que a todos allí se les recibía con hospitalidad”.
 
Una persona llena de sensibilidad y delicadeza espiritual al asistir en sus últimos momentos a los que van a ser ajusticiados, debe sufrir una tremenda conmoción y los recuerdos de tan trágicos instantes deben quedarle marcados a fuego en su mente.
 
El padre Nicolás Aguilar fue una figura señera, una alma grande, una gran voluntad y un gran corazón, que esas grandezas son las que resaltan y deslumbran en el patricio cuya existencia fue una ininterrumpida y áurea cadena de abnegaciones, de generosidades, de desprendimientos, en aras de su pueblo y de la patria que ayudó a forjar.
 
Difundiendo con absoluto respeto a la verdad histórica, el ejemplo de aquella vida, abrigó la esperanza de que el espíritu de la nación, se levante pujante y vigoroso, haciendo de esta patria nuestra lo que el ilustre cura de San Salvador con tanta fe soñara.
 
La memoria de Nicolás Aguilar, noble, viva, señera, hace luengos años que señala a El Salvador el camino de la vida. Su figura inconmensurable, se yergue transfigurada por la gloria de meritorios servicios prestados a su pueblo, honrada por el respeto de las generaciones, y dignificada y sublimada por la corona que como supremo homenaje coloca en su frente el espíritu de la nación. (MOLINA Y MORALES, Roberto. Los precursores de la independencia. 1ª. Edición.Editorial Delgado, San Salvador, El Salvador, 1985. 327p.)
 
 
He tenido siempre la pasión por las ideas educativas que cambian de sentido y significado; también por los personajes cuya clarividencia intelectual es capaz de traspasar los espeluznantes muros de la historia. De ahí la razón de este trabajo: compilar algunas de las ideas que acerca del padre Nicolás Aguilar se han dicho y escrito.
Debo decir que la idea no es mía. Me la sugirió mi buena amiga doña Rosa Serrano de López, a propósito de que el Centro Escolar que dirijo lleva ese nombre tan preclaro; pero además, por la necesidad ingente de impregnar a nuestro estudiantado de los ideales y ejemplar personalidad de ese hombre  de infinitas visiones y riqueza espiritual envidiables.
Por convicción propia somos una institución educativa inspirada en ideales democráticos; en tal sentido,  no podemos menos que ver al padre Nicolás Aguilar, como el espejo que nos refracta y como ese armonioso lazo que hay entre conciencia plena y memoria.
Todo el material reunido bajo el título: NICOLAS AGUILAR, PATRIARCA MAYOR DEL CENTRO ESCOLAR, obedece a que, ciertamente, él es “un hito en el camino de la emancipación salvadoreña”; y de los cambios cualitativos que priman nuestro quehacer pedagógico. Que esto último sirva para explicar su estro y su fluido vital encarnado en fosforescente divisa. (Tonacatepeque, 31 de octubre de 2001. André Cruchaga.)
 
 
 
Hasta mayo de 1990, el Centro Escolar Nicolás Aguilar, no contaba con un símbolo que le diera identidad propia,  legítima y sobre todo, que enalteciera el nombre de tan preclaro hombre de bien. Fue justamente en junio de 1991 que a iniciativa propia lo propuse al personal docente. Antes, por supuesto, se había hecho ya, la investigación respectiva. Teniendo a la vista todo lo necesario, se opta por instituir como escudo del Centro: el águila exployada y su corona imperial en la parte cefálica: símbolos que correspondieron en el contexto de su abolengo patricio, a la citada familia; también se instituye el estandarte del Centro con los colores rojo y blanco, llevando en su parte central el respectivo escudo y alrededor del mismo, el nombre del centro; finalmente, en la parte superior: los colores de nuestro estandarte nacional ondeando con la leyenda: HONESTIDAD, PERSEVERANCIA, CULTURA.  
“Los señores de Aguilar trajeron por armas”: en campo de oro un águila de sable exployada y una corona imperial”. “ En su nobiliario español, Dn. Julio de Atienza, Barón de los Cabos de Belchete, establece (...) que el linaje de Aguilar tiene por fundador al caballero Mozárabe de Toledo Men Gómez Ibáñez; pero fue Alfonso X ‘El Sabio’, quien hizo la donación por altos servicios prestados al señorío de Aguilar en Andalucía. (CRUCHAGA, André. Acta No. 56. Libro de Actas del Centro Escolar.)
 
 
 
 La vida y obra sacerdotal de Nicolás Aguilar presenta tantas facetas interesantes, tantas acciones de entrega, sinceridad y reciedumbre de  convicciones y ejemplares enseñanzas, que se vuelve harto complejo escogitar una  a manera referencial. Sin embargo, no se ha escrito lo suficiente acerca de este personaje: auténtico precursor de la independencia patria y artífice de los movimientos revolucionarios de 1811 y 1814, que hoy justamente para hacerle gloria a él y al Centro que lleva su nombre, escribo no sin cierta audacia y devoción a su espíritu.
Cada vez se hace necesario, con la luz que dá el tiempo, reinterpretar los símbolos. Porque eso es el padre Nicolás Aguilar: vida sacrificada en ideales; pero indisoluble aún en el exilio del que fuera objeto por las huestes del martirio.
De los grandes hombres que ha producido El Salvador y, por supuesto, Tonacatepeque, está el padre Nicolás Aguilar. Persona sustancialmente dedicada al estudio, modesta, comprensiva, desprendida, digna y bondadosa.
El padre Nicolás Aguilar, aún con su carácter indeclinable y fervoroso amante de las libertades  civiles y democráticas, personificó siempre la  modestia. Y esto a pesar de provenir de una familia de abolengo patricio. Este valor hecho virtud, obedece a  una educación familiar muy cuidada.
El padre Nicolás Aguilar, que nos ilumina con estro revolucionario, tenía ese halo especial para dirigir a su pueblo y feligreses, a su rebaño, para liberarlos. Fue paladín en la defensa de los más humildes social y económicamente hablando. Levanta a los esclavos a la dignidad de ciudadanos; respeta y ayuda a los prisioneros de guerra; humaniza los conflictos con su palabra diáfana y elocuente.
También es importante señalar su desprendimiento que va unido con su humildad. Otras, no menos importantes cualidades que distinguieron al padre Nicolás Aguilar y que sin duda, son las que deben evocarse en su calidad de Patriarca de este Centro son la dignidad y firmeza de carácter. Si hoy, ciento noventa años después, colocásemos al padre Nicolás Aguilar frente a nosotros, veríamos en él, en su justa dimensión su magnánima dignidad de hombre de bien y honradez plena. Esa grandeza de ánimo es la que debemos evocar siempre como institución educativa, porque necesitamos, a todas luces, fortalecer nuestros valores e identidad como elementos fundamentales para ejercer una auténtica ciudadanía. (CRUCHAGA, André. 2 de noviembre de 2001.)
 
 
 
Como en nuestros procederes cotidianos e ideologizados, la palabra prócer no deja de causar cierto escozor, me he dado a la tarea de procurar dilucidar tal situación, no sin cierta dosis de proeza. La palabra proviene del latin: [prócer] que significa, según el Pequeño Larousse Ilustrado: alto, elevado, personaje importante. Quillet lo define también como adjetivo: [alto, eminente o elevado. Persona de la primera distinción o constituida en alta dignidad.
A pesar de las coincidencias, nuestro alumnado no saldrá seguramente del asombro. Veamos: el mismo Larousse dice que una persona eminente es aquella que sobresale; persona superior en hazañas y/o sabiduría. Con ésto, creo haber aclarado  el contenido práctico de tal menester y paso a lo siguiente.
El padre Nicolás Aguilar fue prolijo en hazañas. Revolucionó, junto a otros personajes de similar talante, el alma cívica de los salvadoreños y de Centroamérica. Hizo despertar al país. Expuso y combatió con sus ideas. A pesar de muchos infortunios, su misión fue la de un preceptor de almas. Lideó contra los vicios y la violencia; la inmoralidad y la ilegalidad; creó en fin, con su elevado ideario, una conciencia cívica y política necesaria para su tiempo. Abrazó el compromiso insoslayable con la verdad. Por eso trasciende a nuestros días. Por eso es un PROCER con letras mayúsculas.
“Este sacerdote virtuoso, [objeto de veneración del pueblo], gozaba de desahogada posición, tenía bajo el régimen colonial una brillante perspectiva, pero en su noble pecho amaba a su suelo, era patriota y no podía presenciar indiferente los abusos”
“El padre Nicolás Aguilar era oficio de cabeza y de inspiraciones: el timón de la nave. En lo moral, la mayor autoridad eclesiástica en la provincia salvadoreña”. Curiosamente, el edificio escolar fue nominado con su nombre sólo doscientos años después de su nacimiento [1742-1942]; y ha sido, a lo largo de su historia [en la actual infraestructura] dos veces Sección Normal destinada a la preparación de maestros. En esto jugó papel importante una legión de maestros colombianos afincados en este lugar a principios de siglo, en especial don Juan Pablo Londoño. (CRUCHAGA, André. Noviembre 4 de 2001).
 
Dos Sonetos
 
 
AL PADRE NICOLÁS AGUILAR
Ninguno de los próceres te iguala
En esa noble tarea sobrehumana,
De luchar por la Patria del mañana
Y el azul, que en ideal, el alma exhala.
 
De esa gran epopeya fuiste gala,
Noble patricio, herencia castellana,
Que trasiega el tiempo tras la ventana
De la memoria sin pavor de bala.
 
Ahora, en fuego ardido fluye la mente.
Fuego nítido que nadie desmiente
“si la memoria intemporal me asiste”,
 
Ante los asedios duros del desvelo
“que da la convicción de estar en vuelo”
sobre un portento de aura incorruptible.
 
5 de noviembre de 2001
CRUCHAGA, André.
 
 
 
ESPEJO VITAL
[El padre Nicolás Aguilar, en la ancianidad]
 
Sesenta y ocho años en tu hombro
Que yo imagino hoy en día.
Nada fácil ser cabeza de romería
Cuando una sociedad vuélvese escombro.
 
Esto de la edad suscita asombro.
Aquél acto parece fantasía:
Cuando se toma el vino en sacristía
Y se sella la lucha hombro a hombro.
 
Es quizá desatino este contento;
Pero en perplejidad el sentimiento
Se levanta de mí, y abre la puerta
 
De  la historia en íntima vigilia,
Que sigue rastreando y me auxilia,
“que llena de alas la oquedad desierta”.
 
5 de noviembre de 2001.
CRUCHAGA, André.

 

 

Derechos Reservados Centro Escolar "Presbítero Nicolás Aguilar"
Tonacatepeque, 11752